Publicado en el diario LA OPINIÓN (14 de marzo de 2009) www.laopinióndemurcia.es » Opinion
El empeño de los profesores
JOSEFINA PÉREZ. Miembro del Foro Ciudadano

En la prensa son noticia los sucesos extraordinarios negativos, pero no los acontecimientos que entran dentro de lo ‘normal’. A la prensa llegan los males que aquejan a la educación en forma de noticias negativas muy llamativas: niños golpeados por compañeros, profesores vapuleados, vejaciones grabadas. Se abunda en la imagen del profesor ‘quemado’ y despreciado por una sociedad ingrata. Tomar esta bandera apocalíptica y conseguir que cale entre el público hasta representar ‘la realidad de la educación en nuestro país’ responde a intereses de ciertos grupos políticos, sindicales o periodísticos. Quizá reflexionar sobre el sentido social de la rutina educativa no noticiable nos ayude a entenderla y gestionarla mejor.
La escuela, la educación que se da en ella, es la canalización de las oleadas de nuevos humanos jóvenes, que llegan a renovar un mundo que los recibe como herederos. Ese mundo trasciende a cada generación: estaba ahí antes de llegar nosotros y seguirá ahí una vez que nos hayamos ido. El ser humano no nace formado, tiene que hacerse durante una larga infancia y juventud a través de la educación, que no perpetúa la naturaleza del niño, sino que le plantea sucesivos retos para llevarlo a ser adulto.
Los profesores cumplimos el encargo social de enseñar a los jóvenes el mundo al que han llegado y ayudarles a aprender las habilidades necesarias para manejarse en él y mantenerlo. Somos como el mayordomo y el ama de llaves que enseñan su propiedad al heredero; le hacen recorrer sus estancias; le señalan las goteras, las mejoras que se han hecho y cómo se enciende la luz. Tenemos muy claro que las llaves son suyas y que tendrán el mundo en sus manos para hacer de él lo que quieran o puedan. Pero es imprescindible que lo conozcan, no nos conformamos con dejarlos entretenidos en el jardín, porque cuando nosotros no estemos, ellos tendrán que ocuparse de todo.
Les enseñamos a resolver ecuaciones; explicamos la Segunda Guerra Mundial y los Derechos Humanos; los principios de la nutrición; las fuerzas físicas; les hacemos ver la potencia estructural del lenguaje, que con veinticuatro fonemas permite decir todo lo imaginable; los llevamos de viaje; trenzamos con ellos palabras en otro idioma; practicamos cómo calentar los músculos, cómo hacer funcionar las máquinas, cómo distinguir las músicas del mundo y pintar al modo cubista. Para aprender tienen que leer, comentar textos o imágenes, redactar composiciones, buscar información, utilizar las nuevas tecnologías, hacer debates, argumentar y trabajar en equipo. En fin, enseñamos Matemáticas, Geografía e Historia, Filosofía, Biología, Física, Lengua, Literatura, Idiomas, Tecnología, Música, Educación Física, Plástica, Ciudadanía y todas esas habilidades que engloban las técnicas de estudio y destrezas de aprendizaje. Queremos al mundo y queremos a nuestros alumnos y alumnas y esperamos que en el futuro cada uno de ellos encuentre su lugar.
¿Qué condiciones permiten llevar adelante este proceso de enseñanza-aprendizaje? Por un lado, los profesores tenemos que conocer bien ese mundo que hemos de enseñar. Por otro, los alumnos tienen que dejarse conducir y esforzarse por aprender. Los profesores necesitamos una buena formación. La ‘hacienda cultural’ es ya tan grande y cambia tan deprisa que incluso a veces nos perdemos nosotros en ella. Por eso la Administración educativa debe dar prioridad a la formación del profesorado.
Para seguirnos, los alumnos necesitan atención y esfuerzo. Conviene recordar que la relación entre profesores y alumnos es desigual. Aunque sea un servicio público de una sociedad democrática, la educación se basa en la autoridad de los adultos sobre los jóvenes. Nuestros escolares no son una ‘minoría oprimida’ por el sistema, sino una oleada de juventud instruyéndose en los rudimentos del conocimiento bajo la autoridad de los profesores. En una escuela del barrio han escrito esta pintada: “Dejar (sic) a los niños en paz”. Cuando la escuela ‘deja en paz’ a los niños, entonces los encontramos en las minas, en los telares o en sitios terribles. Lo peor que le puede pasar a un niño es que no le eduquen, que los adultos que tienen responsabilidad sobre él lo dejen abandonado a sus propias fuerzas.
Por ello es necesario un compromiso social por la educación: los padres tienen que confiar en el profesorado y han de inculcar buenos hábitos a sus hijos; la Administración tiene que respaldar la autoridad del profesorado, y la sociedad valorar su labor.
¿Por qué hay tanta confusión sobre cosas tan sencillas? Quizá a nuestra generación adulta no nos guste el mundo que ‘tenemos que enseñar’, complejo, inabarcable, cruel y repugnantemente injusto. También pasa que no soportamos ver a los chicos aburridos, enfadados, infelices. Nos resistimos a sostener la tensión de imponerles límites y preferimos tenerlos contentos. Andamos demasiado ocupados en nuestras cosas y los conformamos dándoles a consumir todo lo que exigen.
Si tenemos claro el valor de la educación, no podemos tirar la toalla. Quizá sea más difícil educar ahora, pero hay que seguir haciéndolo. También nosotros hicimos trizas el legado de la educación nacional-católica del franquismo. Dejemos a los jóvenes que hagan y deshagan en el futuro lo que mejor les parezca y asumamos ahora nosotros la tarea de educarlos.
—
forociudadano.org
