BLOG DE LENGUA / Juan Antonio Belmonte (IES SANJE)

22 Abril 2009

Dictado y microrrelato: El náufrago

Archivado en: DICTADOS, MICRORRELATOS — 112 @ 09:10


A una isla deshabitada llegó el único superviviente de un naufragio. Rezaba a menudo fervientemente, pidiendo a Dios que alguien lo rescatara. Todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba. Sus esperanzas se iban apagando con el paso de los días. Construyó una pequeña cabaña para protegerse y meter sus escasas posesiones. Una tarde, al regresar después de haber pasado todo el día por la isla buscando comida, vio que su pequeña choza se estaba quemando. Las llamas subían hacia el cielo. Lo peor que había pasado era que había perdido sus escasas y casi inútiles posesiones, pero él estaba desesperado y muy enojado con Dios, al que llorando le decía: "¿Cómo pudiste hacerme esto?". Por la mañana temprano oyó, asombrado, el sonido de un barco. Venían a rescatarlo. Cuando llegaron sus salvadores, les preguntó: "¿Cómo sabían que yo estaba aquí?". Ellos le contestaron: "Vimos las señales de humo que nos hiciste".

17 Abril 2009

La cabaña / Artículo de Manuel Vicent en EL PAÍS

Archivado en: PRENSA — 112 @ 09:34

MANUEL VICENT

La cabaña

MANUEL VICENT 12/04/2009


Dijo Pascal que todo lo malo que le había ocurrido en la vida se debía a haber salido de su habitación. Se trata de un pensamiento muy certero, porque, bien mirado, todos los problemas que uno arrastra a lo largo de los años se derivan del hecho de haber abandonado aquella cabaña que un día montó en el jardín cuando era niño. El mito de la cabaña sigue teniendo hoy una fuerza extraordinaria. No hay escritor, artista famoso, político, hombre de negocios o banquero sacudido por el estrés que no sueñe con retirarse durante un tiempo a vivir en una cabaña lejos del mundo. Existen cabañas de muchas clases, según el subconsciente de cada uno; las hay de indio apache, de pastor, de leñador del bosque, de pescador escandinavo, de expedicionario perdido en el desierto, de náufrago en una isla de los mares del sur. Otras adoptan la forma de castillo medieval, con almena o sin almena, recias e inexpugnables. En todos los parques públicos y en los jardines de infancia se montan cabañas para que los niños jueguen a esconderse o a protegerse de unos enemigos imaginarios. Algunas son muy lujosas, pero ninguna se parece a aquella tan maravillosa y rudimentaria que construimos, cuando éramos niños, con cuatro palitroques y una empalizada de cañas en el desván, en el patio o entre las ramas de un árbol. La seguridad que nos daba aquella cabaña se perdió junto con nuestra inocencia. Un día dejamos de jugar. A partir de ese momento quedamos desguarecidos, solos en la intemperie, lejos del mundo de los sueños, frente a unos enemigos reales. Es evidente que estamos rodeados de basura por todas partes. A cualquier hora del día nunca deja uno de ser agredido por la sucia realidad, por un acto de barbarie o de fanatismo. Pero existen seres privilegiados, que son capaces todavía de montar a cualquier edad aquella cabaña de la niñez en el interior de su espíritu para hacerse imbatibles dentro de ella frente a la adversidad. Si uno la mantiene limpia es como si estuviera limpio todo el universo; si en su interior suena Bach la música invadirá también todas las esferas celestes. Este reducto está al alcance de cualquiera. Basta imaginar que es aquella cabaña en la que de niños nos sentíamos tan fuertes.

13 Abril 2009

Dictado y microrrelato: Sala de urgencias

Archivado en: DICTADOS, MICRORRELATOS — 112 @ 09:21


 La mujer camina presurosa y desencajada. Busca con ansiedad hasta que lee: "Sala de emergencias". Entra sin dudar. Nadie la detiene. Todos están ocupados. Observa con atención al individuo de verde y a la mujer de blanco que trabajan con ímpetu frenético. Fija su mirada en el rostro del hombre que yace sobre la camilla. A pesar de la máscara de oxígeno y del tinte violáceo lo reconoce. Es él. ¡No estaba equivocada! Intenta avanzar hacia el enfermo pero duda. La desconciertan los ruidos de los aparatos. Se sacude la incertidumbre y avanza. Se acerca con extraña sutileza. Desplaza al médico y a la enfermera. Pone su mano en el pecho del enfermo; éste lanza un agónico gemido y expira. El médico cierra los ojos contrariado y la enfermera se queda tiesa. Decepcionados, abandonan la lucha.

 La dama del traje oscuro se aleja satisfecha.

 

Antonio Cruz

2 Abril 2009

Análisis sintáctico de oraciones compuestas / Oración 14

Archivado en: BACHILLERATO, GRAMÁTICA — Etiquetas: — 112 @ 15:33

Analiza sintácticamente la siguiente oración compuesta: 

Barro es mi profesión y mi destino que mancha con mi lengua cuanto lame.

Ver el análisis AQUÍ.  Inténtalo tú antes.

o14-barro-es-mi-profesion-png001

 


1 Abril 2009

Restricciones lingüísticas / Artículo de Juan José Millás

Archivado en: PRENSA — 112 @ 18:45

laopinióndemurcia.es / Opinion

LEVEDADES

Restricciones lingüísticas

JUAN JOSÉ MILLÁS
Soñé que el lenguaje común, el que utilizamos usted y yo todos los días para comunicarnos o descomunicarnos, procedía de una especie de pantano donde se almacenaban los sustantivos, los adjetivos, las construcciones sintácticas, las frases hechas, los verbos, los adverbios, las preposiciones y las conjunciones… Ustedes y yo éramos los conductos, las tuberías por las que fluían diariamente tales reservas. Así, del mismo modo que al abrir el grifo salía agua, al abrir la boca salían palabras. El sistema de conducción era complejo, tanto o más que el del gas, por lo que con frecuencia se producían fugas de significado.

En un momento dado, aconteció una suerte de escasez gramatical que afectó tanto al lenguaje oral como al escrito. Las reservas lingüísticas empezaron a disminuir sin que se diera un fenómeno que contrarrestara tales pérdidas. Siguiendo el modelo aplicado a las épocas de carestía de lluvias, el Gobierno impuso restricciones muy severas al uso de la lengua. No se podía hablar más que entre las siete y las nueve de la mañana, por ejemplo, y las siete y las nueve de la noche, limitaciones que afectaban tanto a las personas físicas como a la radio o a la televisión. En el Parlamento, las intervenciones de los oradores quedaron reducidas a la cuarta parte de lo habitual, siendo prohibidas las metáforas, que acusaban la escasez más que cualquier otra figura retórica. Los periódicos, por su parte, tuvieron que buscar el modo de decir en cuarenta páginas lo que antes decían en ochenta, lo que afectó principalmente a las columnas de opinión.

Al verse obligados a formular en poco tiempo lo que antes podían pronunciar a lo largo de las veinticuatro horas del día, los ciudadanos se pasaban la mitad de su existencia ensayando mentalmente el modo de expresarse. Así, los amantes llegaban a sus citas con las palabras elegidas; los políticos procuraban decir algo cada vez que abrían la boca; los vendedores describían las excelencias de sus productos en dos frases. Los teólogos, por cierto, se callaron. A los pocos meses de la puesta en vigor de estas medidas, los pantanos de la lengua recuperaron los niveles anteriores al desastre y se levantaron las restricciones. Pero los ciudadanos abrían ahora el grifo (o la boca) con prudencia.

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