BLOG DE LENGUA / Juan Antonio Belmonte (IES SANJE)

3 Agosto 2009

La buena educación, por Joaquín Calomarde / Artículo en EL PAÍS

Archivado en: EDUCACIÓN, PRENSA, REFLEXIONES — 112 @ 10:22

TRIBUNA: JOAQUÍN CALOMARDE

La buena educación

JOAQUÍN CALOMARDE 03/08/2009

Más de 30 años de democracia no han conseguido hacer de la educación una prioridad para los españoles. Este fracaso es dramáticamente constatable. Todos los gobiernos de la democracia han tratado de mejorar la educación, pero lo cierto es que no lo han conseguido. Este fracaso es, en primer lugar, achacable a la sociedad española en su conjunto y, en segundo lugar, al cúmulo ininterrumpido de leyes educativas emanadas de nuestro Parlamento sin el suficiente consenso y acuerdo mayoritario.

Desde hace muchos años, en las encuestas de opinión del CIS no se refleja una preocupación prioritaria por el estado de nuestra educación. Si a ello añadimos el fracaso histórico del liberalismo en España y el autoritarismo secular de la peor tradición patria, que ha hecho confundir hasta la saciedad autoritas con autoritarismo y potestas con un “viva Cartagena” permanente, estaremos en disposición de entender mejor este posmoderno hedonismo atrabiliario de la sociedad española, este desentendimiento respecto a la prioridad de la educación como motor de nuestra economía, sustento de nuestra democracia e instrumento privilegiado de mejora general de la convivencia, la concordia y el diálogo.

Pero si no mejoramos la educación, España no saldrá con bien de la actual crisis económica. Y tampoco lograremos encauzar una abulia general de siglos en lo concerniente a la perfección racional de la sociedad española.

Exceptuando el artículo 27 de nuestra Constitución -que proclama el derecho y la libertad de la educación en España- no ha habido en toda la democracia un acuerdo legislativo de carácter general y vinculante de los partidos mayoritarios en nuestro país, PP y PSOE. La tríada LOGSE, LOCE y LOE son manifestación clara de ese espíritu un tanto tribal que ha hecho imposible un verdadero diálogo educativo en las políticas mayoritarias referidas a materia. Todo ello, junto con la indiferencia general de grandes sectores, incluso supuestamente ilustrados, de la sociedad española, ha contribuido a una paulatina degradación de la calidad del sistema educativo español que es hoy resaltada por diversos organismos internacionales, y no negada por nadie en su juicio.

Ni las reformas “progresistas”, imbuidas de cierto aroma al Emilio de Rousseau, ni aquello que el PP denominó vuelta a la tradición histórica de los valores educativos, han hecho posible una consideración mayor de la importancia de nuestra educación. Y unas y otras, además, han contribuido a un claro enfrentamiento político resuelto con leyes educativas de ida y vuelta parlamentaria. Si a ello sumamos, el enfrentamiento, escasamente constitucional, entre autonomías y Gobierno central en materia educativa, obtendremos claro juicio de lo sucedido en estos años en torno al bien esencial para la democracia que es la buena valoración de la educación como legado histórico de la nación española a través de lo mejor y más fecundo de su cultura y del entramado cronológico de sus generaciones.

Burke y Larra estarían de acuerdo con lo expuesto. Nosotros nos hemos decidido a ignorarlos a ambos con igual saña y absurda ignorancia compartida.

Los valores que hacen posible la auténtica calidad educativa han estado normalmente ausentes del panorama político y social hispano. Son estos el cultivo del aprendizaje, el esfuerzo individual y colectivo para ello y la exquisitez de la excelencia. Junto con la práctica del diálogo individual y colectivo, cultural, pedagógico y político, esencia misma de la democracia europea. La democracia es paidea, educación. Si no es esto, antes o después, aparece yerma y condenada a una paulatina depauperación pública.

No es hora de ensayar nuevas leyes educativas generales. Ya han sido hechas todas. Lo que España precisa es un profundo diálogo educativo… y algo más: una conciencia mayor que la actual de la sociedad española respecto al valor intrínseco de la educación.

La salida de la actual crisis económica de España será peor y más compleja si descuidamos la calidad y valoración de nuestra educación. España no tiene futuro si no la mejoramos en tres sentidos: aumento de los conocimientos disciplinarios de nuestros estudiantes; valoración de la tradición histórica que somos, y un decidido apoyo a la ciencia, a la innovación y al conocimiento.

Todo ello mejorando de forma sustancial nuestra formación profesional -verdadero quicio de nuestras insuficiencias históricas en materia educativa desde la Ley General de Educación de 1970- y un denodado esfuerzo por modernizar, mejorar y llevar a buen puerto el proceso europeo de Bolonia en nuestra Universidad.

Pero nada de todo ello será suficiente, aún siendo absolutamente necesario, sino recuperamos el espíritu humanístico y liberal, dialógico y profundamente democrático del logos griego, si no emprendemos, tras las diversas “posmodernidades”, una vuelta a la tradición histórica que somos.

La sociedad española se debe a sí misma un esfuerzo colectivo, un esfuerzo que comprometa a todos, para lograr una mejor democracia, que es tanto como aspirar al bien más preciado que el cultivo de nuestro logos puede ofrecernos: educación, formación, más libertad.

29 Marzo 2009

El castellano, un tesoro / Artículo de José Manuel Huesa

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Tribuna de Opinión
Viernes 27 de Marzo de 2009
José Manuel González Huesa

A los españoles nos cuesta reconocer el valor de nuestros tesoros, sólo apreciamos su valor cuando lo destaca una persona extranjera. En su último libro, el nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, reconocía que no sabía hablar español pero que llevaba a sus hijas a un colegio bilingüe para que aprendieran uno de los idiomas del “futuro”.

Hoy el español (aunque la palabra correcta debería ser castellano) cuenta con 441 millones de seguidores y sólo es superado por el chino (incluyendo sus diferentes dialectos), con más de mil millones de hablantes; el inglés, con 500 millones; el hindi (lengua descendiente del sáncrito y usada en la India), con 450 millones.

Por tanto, el español ocupa el cuarto lugar en el ránking mundial, y sigue creciendo. Sólo en Estados Unidos, ya lo hablan 45 millones de personas, casi tantas como habitantes tenemos en España. Pero apenas apoyamos nuestro idioma y no estimulamos su uso. De hecho, en la propia España, cada vez damos más “patadas” al diccionario o la gramática que allá por 1492 puso en marcha Antonio de Nebrija. Aquí sólo ha habido un acontecimiento que llamara la atención: la creación en 1991 del Instituto Cervantes. Desde entonces no ha parado de crecer, con una plantilla actual de unas mil personas repartidas en más de 70 sedes en 44 países.

Y para algo que funciona, o quizá por eso, supone una lucha de poder entre el Ministerio de Asuntos Exteriores (su actual “propietario” o financiador) y el Ministerio de Cultura, con pocas competencias y con un ministro que también fue presidente del Cervantes, César Antonio Molina.

Otro de los negocios del español es el denominado “turismo idomático”. Según un informe del Instituto de Turismo de España (Turespaña), la enseñanza de nuestro idioma genera unos ingresos anuales de más de 460 millones de euros. Esta cifra incluye tanto el coste de los cursos, como el alojamiento, la manutención y el resto de gastos de los cerca de 240.000 “turistas del idioma” que vinieron a España.

En total, y según diferentes estudios económicos, la riqueza que genera el uso de la lengua española alcanza el 15 por ciento de nuestro Producto Interior Bruto. En números redondos, el castellano aporta anualmente una cifra cercana a los 150.000 millones de euros, y nuestro idioma proporciona, aproximadamente, el 18 por ciento del empleo total nacional.

A pesar de estas cifras, nada despreciables en un momento de crisis económica, nos falta dar el empuje necesario a nuestro principal “negocio” para convertirlo en una referencia y en nuestra principal embajada. En estos momentos, 14 de millones de personas de 90 países estudian español, pero apenas un 4,6 por ciento de las páginas webs están escritas en castellano. Algo tenemos que mejorar.

(Madrid, 27-03-09)

José Manuel González Huesa es director de la revista Perfiles y director general de Servimedia

24 Marzo 2009

El empeño de los profesores / Artículo de Josefina Pérez

Archivado en: EDUCACIÓN, PRENSA, REFLEXIONES — 112 @ 20:37

Publicado en el diario LA OPINIÓN (14 de marzo de 2009) www.laopinióndemurcia.es » Opinion

El empeño de los profesores

JOSEFINA PÉREZ. Miembro del Foro Ciudadano

En la prensa son noticia los sucesos extraordinarios negativos, pero no los acontecimientos que entran dentro de lo ‘normal’. A la prensa llegan los males que aquejan a la educación en forma de noticias negativas muy llamativas: niños golpeados por compañeros, profesores vapuleados, vejaciones grabadas. Se abunda en la imagen del profesor ‘quemado’ y despreciado por una sociedad ingrata. Tomar esta bandera apocalíptica y conseguir que cale entre el público hasta representar ‘la realidad de la educación en nuestro país’ responde a intereses de ciertos grupos políticos, sindicales o periodísticos. Quizá reflexionar sobre el sentido social de la rutina educativa no noticiable nos ayude a entenderla y gestionarla mejor.

La escuela, la educación que se da en ella, es la canalización de las oleadas de nuevos humanos jóvenes, que llegan a renovar un mundo que los recibe como herederos. Ese mundo trasciende a cada generación: estaba ahí antes de llegar nosotros y seguirá ahí una vez que nos hayamos ido. El ser humano no nace formado, tiene que hacerse durante una larga infancia y juventud a través de la educación, que no perpetúa la naturaleza del niño, sino que le plantea sucesivos retos para llevarlo a ser adulto.

Los profesores cumplimos el encargo social de enseñar a los jóvenes el mundo al que han llegado y ayudarles a aprender las habilidades necesarias para manejarse en él y mantenerlo. Somos como el mayordomo y el ama de llaves que enseñan su propiedad al heredero; le hacen recorrer sus estancias; le señalan las goteras, las mejoras que se han hecho y cómo se enciende la luz. Tenemos muy claro que las llaves son suyas y que tendrán el mundo en sus manos para hacer de él lo que quieran o puedan. Pero es imprescindible que lo conozcan, no nos conformamos con dejarlos entretenidos en el jardín, porque cuando nosotros no estemos, ellos tendrán que ocuparse de todo.

Les enseñamos a resolver ecuaciones; explicamos la Segunda Guerra Mundial y los Derechos Humanos; los principios de la nutrición; las fuerzas físicas; les hacemos ver la potencia estructural del lenguaje, que con veinticuatro fonemas permite decir todo lo imaginable; los llevamos de viaje; trenzamos con ellos palabras en otro idioma; practicamos cómo calentar los músculos, cómo hacer funcionar las máquinas, cómo distinguir las músicas del mundo y pintar al modo cubista. Para aprender tienen que leer, comentar textos o imágenes, redactar composiciones, buscar información, utilizar las nuevas tecnologías, hacer debates, argumentar y trabajar en equipo. En fin, enseñamos Matemáticas, Geografía e Historia, Filosofía, Biología, Física, Lengua, Literatura, Idiomas, Tecnología, Música, Educación Física, Plástica, Ciudadanía y todas esas habilidades que engloban las técnicas de estudio y destrezas de aprendizaje. Queremos al mundo y queremos a nuestros alumnos y alumnas y esperamos que en el futuro cada uno de ellos encuentre su lugar.

¿Qué condiciones permiten llevar adelante este proceso de enseñanza-aprendizaje? Por un lado, los profesores tenemos que conocer bien ese mundo que hemos de enseñar. Por otro, los alumnos tienen que dejarse conducir y esforzarse por aprender. Los profesores necesitamos una buena formación. La ‘hacienda cultural’ es ya tan grande y cambia tan deprisa que incluso a veces nos perdemos nosotros en ella. Por eso la Administración educativa debe dar prioridad a la formación del profesorado.

Para seguirnos, los alumnos necesitan atención y esfuerzo. Conviene recordar que la relación entre profesores y alumnos es desigual. Aunque sea un servicio público de una sociedad democrática, la educación se basa en la autoridad de los adultos sobre los jóvenes. Nuestros escolares no son una ‘minoría oprimida’ por el sistema, sino una oleada de juventud instruyéndose en los rudimentos del conocimiento bajo la autoridad de los profesores. En una escuela del barrio han escrito esta pintada: “Dejar (sic) a los niños en paz”. Cuando la escuela ‘deja en paz’ a los niños, entonces los encontramos en las minas, en los telares o en sitios terribles. Lo peor que le puede pasar a un niño es que no le eduquen, que los adultos que tienen responsabilidad sobre él lo dejen abandonado a sus propias fuerzas.

Por ello es necesario un compromiso social por la educación: los padres tienen que confiar en el profesorado y han de inculcar buenos hábitos a sus hijos; la Administración tiene que respaldar la autoridad del profesorado, y la sociedad valorar su labor.

¿Por qué hay tanta confusión sobre cosas tan sencillas? Quizá a nuestra generación adulta no nos guste el mundo que ‘tenemos que enseñar’, complejo, inabarcable, cruel y repugnantemente injusto. También pasa que no soportamos ver a los chicos aburridos, enfadados, infelices. Nos resistimos a sostener la tensión de imponerles límites y preferimos tenerlos contentos. Andamos demasiado ocupados en nuestras cosas y los conformamos dándoles a consumir todo lo que exigen.

Si tenemos claro el valor de la educación, no podemos tirar la toalla. Quizá sea más difícil educar ahora, pero hay que seguir haciéndolo. También nosotros hicimos trizas el legado de la educación nacional-católica del franquismo. Dejemos a los jóvenes que hagan y deshagan en el futuro lo que mejor les parezca y asumamos ahora nosotros la tarea de educarlos.

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